• Luz y Gael

¿Eres libre o actúas bajo la mente social?


Muchas veces, el hecho de sentirse bien reside en observar si lo que estamos haciendo lo estamos llevando a cabo desde la mente o desde el corazón. Desde la mente, levantamos auténticos imperios de vida y, en ese proceso, mancillamos el espíritu. Tratarnos bien implica, en muchas ocasiones, ceder al dictado manso del corazón. Pero, en cambio, casi todas nuestras relaciones y actividades se construyen desde el ego.

Desde allí, los sucesos nos parecen interesantes o no de acuerdo a cómo contribuye a en nuestro bienestar material, por la posición social que vamos a ocupar o por cuánto va a sostener ello al castillo de certidumbre e identidad que hemos creado.

Solemos darle más alimento al orgullo glotón y menos a nuestro corazón.

La mayor parte de la sociedad está trabajada desde la mente. Nuestras relaciones, las conversaciones, los medios de comunicación, etcétera, refuerzan qué es bueno o malo, mejor o peor para el conjunto de las personas. Se generan estereotipos, estilos, lenguajes, modos de vida. A lo largo del día, aun inconscientemente, buscamos reforzar nuestras creencias, aquellas que hemos adquirido en el intercambio social con los demás. Cuando apreciamos que nos estamos distanciando de lo “normal”, de lo considerado equilibradamente correcto, recibimos la correspondiente reprimenda, se ve mermado nuestro deseo de aceptación y nos auto-corregimos, nos rectificamos, nos negamos experimentar y vivir esa realidad más cercana y dichosa para nosotros para seguir conduciendo por la vía más frecuentada, aquella que le ofrece más garantías a nuestra mente.

Pero esa vía común no tiene porqué ser tu vía. No a todas las personas les queda igual el mismo traje. A unas les aprieta, a otras les que queda ancho o, simplemente, no armoniza con ellas. Es la dictadura “suave” de la mente social, algo aparentemente invisible, pero muy fehaciente al alma. Inconscientemente, nos vamos adaptando a esa fábrica artificial de creencias y conductas, vamos dejando que sus maneras nos permeen, nos penetren.

Solo se puede ser libre y encontrar paz en la manifestación genuina del Ser, en la expresión esplendorosa del corazón. Por eso, no hay acto o momento más bello y cargado de significado que el que supone inclinar la cabeza para posarla en él. Esos momentos en los que nos rendimos lo único que nos guía son las bondades de nuestro corazón. Allí encontramos emociones lindas, sinceras. Es una música diferente. Podemos observar con mayor consciencia qué cosas nos hacen bien y cuáles no. Cambiar las de un perfil más alto y vistoso, más reconfortante para nuestro orgullo, por aquellas de perfil más desapercibido, más tranquilo, que reconfortan a nuestra alma y nos producen una profunda alegría.

Existen muchas cosas que las hacemos rutinariamente, porque sí, porque nunca nos preguntamos si nos hacen bien o no, porque hemos aprendido que hay que hacerlas. Puede ser que nos generen emociones dañinas, pero no siempre lo apreciamos. Otras veces las hacemos porque mantienen nuestra identidad, la personalidad que hemos creado, o porque sacian nuestras adicciones emocionales. Pero existen aquellas veces en las que nos es más placentero ceder y agachar la cabeza, reconocer los errores, experimentar la compasión, entregar nuestra voluntad a algo más grande, reconocer nuestra humana fragilidad, escuchar a nuestro corazón.

Nos relajamos. Ya no buscamos a toda costa ser aceptados o bien vistos por los demás, ya no consideramos una prioridad tener la razón o encajar.

No es fácil deshacerse de todas esas inercias de pensamiento que acentúan nuestro “falso yo”, pero cuando nos soltamos, cuando nos desprendemos, algo más grande y valioso arriba.

Nada es tan grande como lo que llevas dentro. No somos tan importantes.

Revisa qué cosas te reconfortan de verdad y permítete ser el amor que llevas contigo. Conviértete en él.

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