Cuando observamos un árbol en otoño, este nos llama la atención por la magnitud del mismo, por la estructura vacía, despojada que dibuja sus ramas. A diferencia de otras estaciones, en el otoño podemos observar la intimidad del árbol, el fuerte y nutrido esqueleto que le da forma. Contemplamos entonces la corteza de las ramas, sus continuas ramificaciones en extremidades cada vez más minúsculas. También nos percatamos de cómo miran hacia arriba, buscando el Sol que las alimenta. La aparición de algún que otro nido, descubierto ahora ya su escondite, nos recuerda el maravilloso maridaje, la excelente cooperación entre la vida vegetal y la animal.

 

Cada uno de nosotros somos como una ramita de ese árbol. Así lo ha querido la vida, la cual nos ha hecho únicos, especiales, diferentes. Aunque partimos del mismo tronco humano, nos separamos en esencias individuales. La savia del árbol, la energía de vida, circula por todo él sin dejar alguna de sus partes sin alimento. Del mismo modo, la energía divina y sus cualidades nutren a todos los humanos, sin excepciones. Decía que cada uno somos una rama distinta, pero nos empeñamos en ser la misma. ¿Pero el árbol sería igual de bello y espléndido, abundante, si solo estuviera formado por su tronco, como un mástil que se levanta a lo alto? Seguro que no.

 

 

PENSAMIENTOS, SENTIMIENTOS...

La Vida ha querido que vivamos su plenitud, su autenticidad, en carne propia. Nos ama a cada uno como una madre ama a cada hijo. Quiere lo mejor para cada uno de nosotros. Quiere ser vivida, honrada, magnificada, ensalzada, con la voz cristalina, verdadera y especial de cada uno. Y de ahí nace nuestro sentido como seres humanos. Estamos aquí para, como humanos, expresar lo mejor que Dios nos ha dado, sus mejores virtudes. ¿Cómo podemos manifestar nuestra divinidad, nuestro sentido? Viviendo la vida con nuestros propios ojos, no con los ojos de los demás. Siendo lo que tu corazón te pide que seas, aunque ello suponga ser un elemento extraño y anodino en medio de una multitud o  vivir sin la lógica común de lo que es adecuado.

 

¿Podemos imaginar una ardilla que quiera ser pez? ¿O un oso que quiera ser hormiga? Los animales, con su infinita variedad, no se plantean ser otro animal diferente al que son. Son su propia naturaleza. Siguen su curso. ¿Por qué te empeñas en ser igual que otro que, en realidad, es diferente? 

 

Sé como la rama y sigue tu camino. Ello te proporcionará sentido de vida y felicidad. Sé como la rama: única, enamorada, enfocada en el Sol que le da vida.  

 

Ser como una rama

Conviértete en amor

Muchas veces, el hecho de sentirse bien reside en observar si lo que estamos haciendo lo estamos llevando a cabo desde la mente o desde el corazón. Levantamos auténticos imperios de vida desde la mente, y, en ese proceso, mancillamos el espíritu. Tratarnos bien implica en muchas ocasiones ceder al dictado manso del corazón. Pero, en cambio, casi todas nuestras relaciones y actividades están construidas desde el ego. Desde allí, las cosas nos parecen interesantes o no por lo que benefician nuestro bienestar material, por la posición social que vamos a ocupar o por cuánto va a sostener ello al castillo de certidumbre e identidad que hemos creado.

 

Entonces, le damos más alimento al orgullo glotón y menos a nuestro corazón.

 

La mayor parte de la sociedad está trabajada desde la mente. Nuestras relaciones, las conversaciones, los medios de comunicación, etcétera, refuerzan qué es bueno o malo, mejor o peor para el conjunto de las personas. Se generan estereotipos, estilos, lenguajes, modos de vida. A lo largo del día, aun inconscientemente, buscamos continuamente reforzar   nuestras creencias, aquellas que hemos adquirido en el intercambio social con los demás.

Cuando apreciamos que nos estamos distanciando de lo “normal”, de lo considerado equilibradamente correcto, recibimos la correspondiente reprimenda, se ve mermado nuestro deseo de aceptación, y nos auto-corregimos, nos rectificamos, nos negamos experimentar y vivir esa realidad más cercana y dichosa para nosotros para seguir conduciendo por la vía más frecuentada, aquella que le ofrece más garantías a nuestra mente.

 

Pero esa vía común no tiene porqué ser tu vía. No a todas las personas les queda igual el mismo traje. A unas les aprieta, a otras les que queda ancho o, simplemente, no armoniza con ellas. Es la dictadura “suave” de la mente social, algo aparentemente invisible, pero muy fehaciente al alma. Inconscientemente, nos vamos adaptando a esa fábrica artificial de creencias y conductas, vamos dejando que sus maneras nos permeen, nos penetren. 

 

Solo se puede ser libre y encontrar paz en la manifestación genuina del Ser, en la expresión esplendorosa del corazón. Por eso, no hay acto o momento más bello y cargado de significado que el que supone inclinar la cabeza para posarla en él. Esos momentos en los que nos rendimos, nos entregamos y lo único que nos guía son las bondades de nuestro corazón. Allí encontramos emociones lindas, sinceras, bienhechoras. Es una música diferente. Podemos observar más conscientemente qué cosas nos hacen bien y cuáles no. Cambiar aquellas cosas de un perfil más alto y vistoso, más reconfortante para nuestro orgullo,  por aquellas de perfil más desapercibido, más tranquilo, que reconfortan a nuestra alma y nos producen una alegría más profunda.

 

Hay muchas cosas que las hacemos rutinariamente porque sí, porque nunca nos preguntamos si nos hacen bien o no, porque hemos aprendido que hay que hacerlas. Puede ser que nos generen emociones dañinas, pero no siempre lo apreciamos. Otras veces las hacemos porque mantienen nuestra identidad, la personalidad que hemos creado, o porque sacian nuestras adicciones emocionales. Pero existen aquellas veces en las que nos es más placentero y nos da más felicidad ceder y agachar la cabeza, reconocer los errores, experimentar la compasión, entregar nuestra voluntad a algo más grande, reconocer nuestra humana fragilidad, escuchar a nuestro corazón.

 

Nos relajamos. Ya no buscamos a toda costa ser aceptados o ser bien vistos por los demás, ya no consideramos una prioridad tener la razón o encajar.

 

No es fácil deshacerse de todas esas inercias de pensamiento que acentúan nuestro “falso yo”, pero cuando nos soltamos, cuando nos desprendemos, algo más grande y valioso arriba.

 

Nada es tan grande como lo que llevas dentro. No somos tan importantes. Revisa qué cosas te reconfortan de verdad y permítete ser el amor que llevas contigo.

Conviértete en él.  

Los ciclos de la naturaleza

Cada año, cada estación, en cada momento nos vemos envueltos por la túnica dorada de la naturaleza. Con sus continuos y cambiantes ciclos nos regala un espectáculo a cada instante. Pero no somos entes ajenos a todo este cambio sino que, muy por el contrario, formamos parte de él. El sol y la forma en que nos llegan los rayos hoy, la fuerza del viento, si llueve o no, la humedad, la temperatura, todos ellos son factores a los cuales estamos unidos. Nuestro cuerpo y sus fuerzas internas están imbuidas de todo lo externo. Como la tierra y el cielo, lo interno y lo externo caminan acompasados.

 

Aunque conceptualmente las hemos reducido a cuatro estaciones: primavera, verano, otoño e invierno, a cada instante tenemos una estación. El cielo es diferente cada día, la forma en la que cae la lluvia también. La tierra y sus seres vivos, ¡los árboles!, cambian continuamente. Incluso en los meses de más frío, donde todo parece huérfano y vacío, algo está creciendo o decreciendo, hay vida inteligente sumergida que es está manifestando o está a la espera de hacerlo muy pronto. La energía está ahí, en reposo.

Unas aves se van y otras vienen. Unos animales se reproducen y otros cambian su pelaje. Todo migra, todo se transforma. Todo está en un continuo, pero a la vez armonizado cambio. Las horas del amanecer difieren de aquellas en las que el sol está en su punto álgido, o del atardecer. La noche tiene también su propia magia.

 

Las cosas han cambiado mucho. Antes, todo esto era motivo de veneración. Nuestros antepasados vivían conectados a este llamado. De esta forma, tomaban conciencia de que eran una pieza más, un ser vivo más, en un continuo cambio. Y dentro del cambio, encontraban la parte de ellos que es eterna, inmutable, infinita.    

 

Hoy, respira y siéntete agradecido por todo ello. Adora el aire. Abre la ventana y mira el cielo. Entrégale unas palabras de admiración. Mira los rayos del sol y siente reverencia por su calor, por su luz. Cierra los ojos y siente cómo tu mundo también está en movimiento, se está expresando. Ámalo y siéntete en paz con lo de dentro y con lo de afuera. Deja que lo uno y lo otro se amiguen. Al final, todo está Unido.

 

 

 

 

 

Determinación

La determinación, el coraje interior, es aquello que nos permite distinguir entre lo que es verdadero para nosotros y lo que es falso. Para ello deberemos desarrollar nuestra fortaleza mental.  La fortaleza mental no tiene su origen en la propia mente, sino en la rectitud y la claridad de nuestro espíritu. Gracias a su carácter eterno e inamovible, desde la visión correcta del Ser podemos observar todas aquellas cosas que no lo son, que son cambiantes y, por lo tanto, perecederas, ilusorias.

 

Podemos anclar nuestra existencia a la fortaleza del Ser o podemos sujetarla a los vaivenes, sin peso, de la mente y nuestros pensamientos. Ahora pienso esto y mañana pienso lo otro, ahora me siento así y más tarde me siento de esta otra forma. Antes me preocupaba aquello que pensaba era irresoluble y ahora me preocupa esto otro. O por lo menos, cambió nuestra percepción. 

 

Cuando observamos la naturaleza cambiante de todas las cosas, también de nosotros mismos, nos damos cuenta de que hay algo en nuestro interior que permanece igual, que no cambia. Gracias a ello podemos observar lo que sí se transforma. Si nuestro Ser fuera un campo de conciencia que también experimenta modificaciones no podríamos percibir la sabiduría y la verdad que reside detrás de toda forma de vida. Todo cambiaría y no nos sería posible avanzar.

 

La propia vida, con su continuo caer y levantarse, nos enseña esto a la fuerza. Pero no es necesario caer para aprender. A veces sí, y tropezamos con los mismos baches, pero muchas veces no. Con la contemplación de la verdad hacemos nuestro camino más llevadero, más liviano, más simple y reconfortante. Vemos eso que necesitamos ver. Nos damos cuenta y modificamos nuestra realidad para mejor.

La piedra simboliza el pilar de verdad sobre el que queremos edificarnos. Sobre ella iremos alzando otras piedras secundarias, paso a paso, día tras día.

 

El momento presente es la piedra angular de nuestra felicidad. El vasto poder que albergamos de traer al ahora todo el milagro de la creación, el amplio arcoíris de posibilidades. La conexión con el momento presente es lo que separa la visión borrosa de la nítida. Es un pequeño, pero importante tramo, el que va de nuestra mente a nuestro corazón; el que va de lo limitado e incierto a lo ilimitado y seguro. En nuestra mente nunca alcanzaremos la dicha. En nuestro corazón, lo más grande puede ser lo más pequeño y lo más minúsculo lo más grandioso. Allí, somos Uno con el Creador.

 

Pregúntate: “¿Qué sentido tiene este momento, lo que soy ahora, todo este mundo notorio de sensaciones, de emociones, de pensamientos y mi presencia?”. Siente toda esa vida que te inunda. Siente todo el campo de verdad que te rodea libre de prejuicios y conceptos. Todo ese misterioso vacío, eso eres tú. Somos nosotros lo que le damos forma a ese vacío y, gracias a ello, puede adoptar la forma que deseemos. Nosotros, desde el Ser, elevamos el presente para llenarnos de vida.

 

El camino hacia la felicidad nos exige imbuirnos en nuestra verdad para defender su esencia. Imaginemos que al nacer hubieran depositado en nuestras manos una luz que tendremos que cuidar hasta el momento de nuestra partida física, seremos, ante todo, guardianes de esa luz. Esa luz, es la verdad que reside en ti. A lo seres humanos solo se nos ha pedido eso. Solo se nos pide que la cuidemos y la amemos.

 

La determinación, es el ahínco, la intención que depositamos en apartar todo aquello que nos separa de esa luz benevolente, mansa, llena de gracia. Conviértete en un amante de lo Divino, en todo ese amor que hace la vida posible. Enamórate del flujo de energía que llevas contigo ahora. Despójate de tus miedos. Desaloja de tu templo la mentira y dale paso…

 

 
 
 
 
  • Facebook
  • YouTube Social  Icon
Copyright © 2020 by Luz Boscani. All rights reserved.