• Luz y Gael

Abandonar la queja


No es posible lograr paz interior si nuestra mente vaga de un lado para el otro, si nuestros pensamientos van de un deseo al otro. Ahora estamos aquí, pero queremos estar allá, en otro lugar, en otra situación, en otra escena. Este vaivén prolongado provoca lucha en nuestro interior, agita nuestro lago alpino. Y en esas aguas movedizas surge la queja. Ésta es un recurso natural de nuestra existencia, algo comúnmente humano, algo que llevamos con nosotros en el proceso de aprender a ser felices. Incluso hay veces que es inevitable, necesitamos quejarnos, como necesitamos llorar o expresar otras emociones. Una pizca de sal en el plato está bien, pero ¿qué sucede cuando no es así, cuando llenamos nuestra comida de sal, cuando nos habituamos a la queja?

La queja es incomodidad fermentada, no digerida o aceptada. Cuando la expresamos, siempre se genera algo de tensión a nuestro alrededor, porque procede de una vibración baja, negativa. Así que, lo que hacemos con ello es expandir nuestra incomodidad, esas partículas negativas, en nuestro entorno. Modificamos la mecánica energética de nuestras relaciones. Deterioramos la naturaleza especial y positiva que nos une a otros y, sobretodo, la que nos une con nosotros mismos, con nuestro Ser dichoso y radiante. Por eso, la queja es antinatural, no procede de tu Ser interior ni del espacio de alegría y totalidad que te rodea. La queja mental, la que proviene del sufrimiento de la mente, es algo puramente humano. Es algo muy nocivo a lo que nos hemos habituado.

¿Te imaginaste alguna vez a un pez, a una flor o a un árbol en continuo estado de queja? Ellos simplemente son, simplemente viven. Sienten lo bueno y lo malo, pero ahí se quedan. Tienen tantas cosas por las que sentirse agradecidos…todo ese sol bañándolos de vida un día tras otro, esa lluvia refrescante que los alimenta, la tierra con toda sus bendiciones, el cielo que los llama, el canto de los pájaros en sus riberas, en sus copas, incluso el silbar alegre de algún humano que camina cerca. Y tú, ¿no crees que tienes muchos más motivos para sentirte agradecido que desdichado? Aun a pesar del mayor de lo sufrimientos, del mayor de los pesares, ¿los cambiarías por los del vecino de al lado, por los de otra persona?, ¿o lo que tienes es aquello que puedes cargar porque el Universo, la Inteligencia Divina, así lo quiere? Eres un fruto dichoso y maravilloso, único, del amor de Dios. Eres una flor especial. Amplia tu visión para poder reconocer todo aquello que ahora mismo te mantiene vivo. Hay una infinitud de pequeñas, pero grandiosas cosas que hacen que en este instante seas lo que eres: un milagro. Pon más peso en ello.

Si solamente basas tu entusiasmo, tu alegría, en lograr y en ser lo que todo el mundo quiere lograr o ser, en obtener aquellas cosas mundanas que has aprendido son valiosas o en ser querido y aceptado por los demás, te mantendrás en esos círculos de queja y te perderás la vida. Todas esas cosas vienen y van, no son tuyas. En cambio, si comienzas a enfocarte en todo aquello que realmente eres, en tu grandeza, en todo el amor y la virtud que tienes dentro, verás cuán pequeño es todo aquello que te parecía tan importante, cuán minúsculo y relativo es todo aquello que te preocupa, que te incomoda.

Ensancha tu mirada interior para convertirte en ese cuenco maravilloso que recibe todo, para darle cabida a todas esas cosas que nuestra mente califica como “buenas” o “malas”, para levantarte sobre la vida, para levantar la Vida sobre la vida.

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